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El fondo de la resistencia universitaria

cuexcomateFotografía de Griselda Navarro

Illich descubrió que las instituciones dejaron de ser un medio para la satisfacción de las necesidades o sueños de las personas y comenzaron a ser un fin en sí mismas. ¿De qué manera se ha visto afectado el mundo universitario? Uno de los rasgos es el surgimiento de la visión acerca de cómo se debe legitimar el conocimiento, que el sistema educativo tradicional ha acogido en las últimas décadas. El director del Centro de Extensión y Difusión de las Culturas toma como punto de partida la creación de dicho proyecto para profundizar en este tema.


EL 30 DE SEPTIEMBRE DE 2015, Javier Sicilia y quien escribe estas líneas nos presentamos ante profesores y directores del Consejo Universitario de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) para presentar el proyecto de creación del Centro de Extensión y Difusión de las Culturas (CEDIC). En esa ocasión, de la misma manera que lo hemos venido haciendo desde que comenzamos a trabajar juntos para este proyecto, en verano de 2013, expresamos abiertamente que queremos caminar hacia un horizonte distinto al que las universidades mexicanas han perseguido durante los últimos 30 años. No tenemos puestas nuestras aspiraciones en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) ni en los Programas Nacionales de Posgrados de Calidad (PNPC).

El ambiente era ríspido. Nuestros colegas universitarios nos miraban con sospecha. Entonces, una profesora, adscrita por cierto al área de Humanidades, levantó la mano y nos cuestionó con firmeza: “¿Cuál es, entonces, su legitimidad, en qué se fundará la legitimidad del centro que quieren iniciar si no buscan el reconocimiento por parte de las instituciones oficiales de educación?”
La respuesta a esta pregunta tenemos que hallarla más allá del CEDIC, en el horizonte de legitimidad que todavía es posible encontrar para las universidades, en medio de un mundo en el que todo ha quedado fragmentado.

 DE CÓMO NACIÓ LA UNIVERSIDAD 
Y PUEDE MORIR MUY FÁCILMENTE

Tal como quedó consignado en el primer número de la revista Voz de la tribu, las universidades son instituciones surgidas durante el siglo XII europeo, a partir de la invención del libro y de lo que George Steiner llamó la cultura libresca.1 Según Iván Illich, a partir de la articulación del texto en una página, que permitió interiorizar en un alumno la armazón intelectual de su profesor, la lectio divina tomó dos caminos la lectio spiritualis y la lectio scholastica. A partir de entonces, la filosofía se separó de la teología. Mientras la lectio spiritualis “quedaba confinada a la celda, la sala capitular y el claustro, se inventó un nuevo lugar para la lectio scholastica. Este nuevo lugar del pensamiento crítico y bibliotópico, del hablar y del aprender, es la Universidad”.2 El cambio en el soporte material del texto y de la etología de la lectura, es decir, del modo de leer, dio pie al nacimiento de esta gran institución occidental.

Digital vs. Analógico. Fotografía de Guian Bolisay

Algo similar a lo que ocurrió en la segunda mitad del siglo XII pudiera estar sucediendo entre finales del siglo XX y principios del XXI. Hasta antes del año 1130, la lectura era descrita como una actividad oral y acústica, pues la disposición del texto “como un ininterrumpido desfile de letras” sobre papiros y pergaminos, sin espacio entre las palabras, sólo podía ser comprendido si se leía rítmicamente y en voz alta. Sin embargo, alrededor del año 1160, “la página ‘acústica’ sobre la cual se entretejían las líneas cantantes fue expulsada y callada” por el libro y la nueva etología de la lectura que vino con él: a partir de entonces, crítica y silenciosa. Se trató de un paso más en la historia que Iván Illich desentrañó magistralmente: la historia de la paulatina des-encarnación del verbo llevada a cabo por la civilización occidental.

“Hoy [subraya Illich] algo que es también radicalmente nuevo se interpone entre el texto biblionómico y el lector. Provisionalmente, y para ser breve, llamaré a esta nueva cosa ‘pantalla’”.3 En el texto ya citado, Illich da expresamente cabida al nuevo paradigma de la convivencia intelectual determinado por lo que llama “pantalla”, “recordando la forma en que el monasterio dio lugar a la universidad” y la página acústica al libro. Pero nos advierte sobre el peligro de que la tradición universitaria tenga un destino semejante al de la lectio divina murmurada y cantada, antecedente suyo como forma de enseñanza, y que tras la decadencia de los monasterios contemplativos sólo se mantuvo en muy diminutos nichos. “¿Cómo impedir [se pregunta] que el progreso del texto dirigido al estudio crítico e histórico de textos acabe en una capitulación de la universidad frente al text management, en la indiferencia estilizada de una empresa de la información sin sentido ni significado?”.4

En otros escritos, así como en sus conversaciones con David Cayley, grabadas y posteriormente publicadas por éste, Iván Illich habla de un cambio de era, de un deslizamiento de tierras que está ocurriendo bajo nuestros pies, y dentro del cual se inscribe el cambio ya mencionado relativo al hábito y a la tradición de la lectura: se trataría del fin de la “era tecnológica o instrumental” y del inicio de la “era de los sistemas”. En algún momento de la década de 1980, Illich descubrió que las instituciones dejaron de ser un medio o instrumento para la satisfacción de las necesidades o sueños de las personas –de los ciudadanos que exigen sus derechos a la educación, a la salud o al transporte– y comenzaron a ser un fin en sí mismas. “En esta nueva era [refiere], la persona característica, del tipo de las que he encontrado frecuentemente en los últimos años, es alguien que ha sido recogido por uno de los tentáculos del sistema social y ha sido tragado por él. (…) Sorbido por el sistema, se concibe a sí mismo como un subsistema”.5

En la sociedad tecnológica todavía existen propósitos personales que orientan y dan sentido social y humano al empleo de máquinas e instituciones. En la sociedad de los sistemas, en cambio, los individuos quedan enchufados a un enorme complejo cibernético que succiona paulatinamente todas sus capacidades en beneficio del propio sistema. Tal como se presenta metafóricamente en la película Matrix, lo único que queda siendo útil de las personas es la energía metabólica que se extrae de sus cuerpos para alimentar a la Matrix, esa inmensa computadora que rige al mundo. Desaparece el sujeto, que deviene en subsistema infinitesimal del sistema.

Ese tránsito de la era de la tecnología, o instrumental, a la era de los sistemas se expresa también en lo que Jean Robert describe en este mismo número de Voz de la tribu cuando dice que a principios del siglo XXI se tiende a imponer una forma de lectura desprovista de sentido humano, “la lectura de la lengua como código”. La era de la “comunicación” (que es otro modo de nombrar la era de los sistemas) representa el paroxismo de lo que inició con la escritura alfabética: la desconfianza y falta de atención frente a alguien que quiere decirme algo, la des-encarnación fundamental de ese “otro” para atender sólo a su “mensaje”.6 Esto hace que, según Illich, desde mediados de la década de 1980 vivamos ya sumergidos en una dictadura digital, “un brillante mundo, extrañamente siniestro, en el que las clases privilegiadas viven una vida de trivial hedonismo, sin agallas”7, mientras que en las cavernas subterráneas la miseria carcome a la mayoría de los sobrevivientes.

DE CÓMO LOS SISTEMAS TRAGAN 
AL MUNDO UNIVERSITARIO

En México, la llamada crisis económica de 1982 fue mucho más que sólo una crisis de este tipo. Fue, en realidad, la entrada del país a un mundo regido por fuerzas que superan, por mucho, cualquier posible decisión política. En ese año, las fuerzas especulativas de las finanzas internacionales provocaron un golpe de timón que sacudió a la sociedad entera. A partir de entonces, el otrora poderoso Estado-nación comenzó a fungir exclusivamente como una entidad administrativa cuya función primordial es custodiar la circulación y crecimiento de los capitales. Si algo o alguien resultan afectados por la administración, éstos no representan más que daños colaterales.

En esta nueva era, la persona carasterística, del tipo de las que he encontrado frecuentemente en los últimos años, es alguien que ha sido recogido por uno de los tentáculos del sistema social y ha sido tragado por él. (…) Sorbido por el sistema, se concibe a sí mismo como un subsistema.

En el caso de la vida universitaria, ese golpe de timón se aprecia claramente a partir de la aparición de lo que Manuel Gil Antón denomina las Transferencias Monetarias Condicionadas (TMC). Como resultado de la llamada crisis del 82, en unos pocos años los ingresos de los académicos, cubiertos por el presupuesto público vía salarios contractuales con alguna institución universitaria, se vieron fuertemente disminuidos. Los ingresos de los profesores titulares de máxima categoría, por ejemplo, llegaron a desplomarse hasta 60%. 8

Ante semejante situación se ideó e implementó un sistema de ingresos adicionales basado en la llamada “productividad de la investigación”. En un inicio se habló de que sería un sistema provisional. Ahora, a más de 30 años de distancia, sabemos que se trata de un sistema que llegó para quedarse. El sistema funciona a partir de recursos extracontractuales que no forman parte del salario del académico ni están mediados por relación con sindicato alguno. Se trata, por lo mismo, de una especie de ingreso extraordinario sujeto a evaluaciones individuales periódicas, realizadas por comisiones dictaminadoras que son externas a las universidades dentro de las que el académico colabora. Así surge, en 1985, el Sistema Nacional de Investigadores (SNI).

El CEDIC de la UAEM, que comenzó a funcionar en enero de 2016, busca su legitimidad. Somos una de esas “pequeñas asociaciones académicas de otro tipo”, dispuestas a colocarnos en la primera línea para los diálogos y acciones multidireccionales entre la universidad y la sociedad en nuestro entorno.

Manuel Gil Antón argumenta que el SNI tiene todas las características propias de las Transferencias Monetarias Condicionadas (TMC). Se trata de un mecanismo típico del cambio de lógica por parte del Estado en su relación con los diversos sectores sociales a los que financia, ya no como bienes públicos sino, a partir de los años 80, como “producción” del llamado “capital social”. La inversión en capacidades humanas se percibió, desde entonces, más bien como un gasto, sólo redituable en la medida en que pudiera ser medido de manera muy estrecha y que su tasa de retorno político no fuera poca ni tardía. Por ello, en las TMC el dinero se transfiere directamente a individuos o a unidades sociales “focalizables” con precisión, con la pretensión de hacer factible esa medición de costo-beneficio. El ejemplo típico de las TMC es el afamado Programa Oportunidades, dirigido a sectores ubicados en pobreza extrema: el “foco” es la unidad familiar, sus integrantes, y se elige a la mujer, sea o no jefa de familia, como la contraparte del Estado.

A pesar del disgusto que suele causar entre los científicos en general, y sobre todo entre los fundadores del SNI [dice Gil Antón] (este sistema) cumple con las características propias y necesarias de cualquier modalidad de TMC: está focalizado en el individuo que, a condición de permitir que se evalúen sus productos, de ser positivo el juicio, obtiene “monedas adicionales”, no sujetas a control o contrapeso sindical ni de colectivo alguno. 9

Además, en lo que se refiere a México, ese sistema está convertido, en los hechos, en el referente principal para las políticas públicas de educación superior. Mientras que en Estados Unidos y Canadá las TMC dirigidas a la actividad académica pueden representar sólo un incremento en el salario de entre 2 y 4%, en México estas transferencias pueden alcanzar un incremento en el salario académico de hasta 68% de los ingresos académicos.10

Aunque la fantasía que hay detrás de las TMC es que permiten controlar los efectos de las políticas públicas, la realidad es que con ellas se genera, a nivel de los individuos, una condición inédita y poderosa en repercusiones no controlables. De hecho, según Jesús Francisco Galaz Fontes y Manuel Gil Antón, existe un consenso general en el sentido de que “el sistema de pago por mérito (las TMC) promueve una segmentación muy poderosa” de las universidades, “una perspectiva individualista del trabajo académico, simulación de que se hace trabajo sustantivo y otros efectos colaterales improductivos”11. Es decir, finalmente los efectos que provoca el sistema son nada controlables y sí, en cambio, se advierte que éste es causa de fracturas disciplinarias y de un alejamiento cada vez más pronunciado de la investigación respecto de la realidad y el entorno.

Pero, lo que es todavía más importante, el sistema de pago por méritos desplaza, de la universidad hacia la Matrix educativa, el centro de gravedad en torno al cual se desarrolla la vida académica. La relevancia de los ingresos y el prestigio otorgados por el sistema de pago por méritos es tal que, más allá de carreras institucionales adscritas a universidades específicas bien localizadas, ahora tenemos que decir que la carrera académica se sigue a través de un rango que es característico de la era de los sistemas: el rango de grados SNI. Se trata de un sistema de rangos suprainstitucionales que, cada vez más, conforman una carrera de facto, en sí y por sí misma. El comportamiento de los académicos tiende, por lo tanto, a acomodarse al sistema, aun cuando tal acomodamiento vaya en contra del espíritu y de las funciones de las universidades como sedes por antonomasia del pensamiento crítico y de la autonomía. Por otra parte, los incentivos que el sistema otorga jalan a las universidades fuertemente hacia “cumplir con los indicadores”, aun cuando se dejen de lado sus tareas sustantivas, o aquéllas que representen un marcado sentido social.

Inicio del Movimiento por la Educación “Alejandro Chao Barona”. Fotogragía de www.pueblouniversidad.com

Manuel Gil Antón concluye que no hay futuro si seguimos siendo espectadores o rehenes de las definiciones y de la forma de conducir el oficio académico. Como alternativa, propone que los liderazgos deben comenzar por ver la manera de “disipar esos programas (de TMC) y poner al frente unidades académicas (…) con un claro sentido de su trabajo y de su relevancia social”. De lo que se trata, en un inicio, es de conformar pequeñas asociaciones académicas de otro tipo. Al hacerlo –sostiene–, estaremos abriendo el camino que permita “recuperar el alma” de la universidad12.

Por consiguiente, el CEDIC de la UAEM, que comenzó a funcionar en enero de 2016, busca su legitimidad. Somos una de esas “pequeñas asociaciones académicas de otro tipo”, dispuestas a colocarnos en la primera línea para los diálogos y acciones multidireccionales entre la universidad y la sociedad en nuestro entorno.

El rector de la UAEM, Jesús Alejandro Vera Jiménez, mientras tanto, ya puso muy clara la muestra de aquello con lo que se debe iniciar: la defensa política de los recursos públicos que corresponden a las universidades. Esto permitirá que la investigación, y la vida académica en conjunto, deje de ser una suma de individualidades, de proyectos fragmentados y de carreras personales hacia la nada, para convertirse en lo que está llamado a ser desde sus orígenes: la reflexión pausada, completa y profunda sobre aquello que nos toca y que nos mueve. Finalmente, el trabajo laborioso de conocer y conocernos para recuperar nuestro sentido de lo humano.❧


1Ivan Illich, “El texto y la Universidad. La idea y la historia de una institución única”, en Voz de la tribu, núm. 1, agosto de 2014, Universidad Autónoma del Estado de Morelos, pp. 5-13.
2Ibid., p. 11.
3Ibid., p. 12.
4 Ibid., p. 13.
5Ivan Illich, The Rivers North of the Future, entrevista de David Cayley, House of Anansi Press, Toronto, 2005, pp. 162-163. La traducción es mía.
6Jean Robert, “La alfabetización de la mente popular. Reseña de Ivan Illich y Barry Sanders”.
7Iván Illich y Barry Sanders, The alfabetization of popular mind, North Point Press, San Francisco, 1988, p. 109.
8Manuel Gil Antón, “La monetarización de la profesión académica en México: un cuarto de siglo de transferencias monetarias condicionadas”, Revista Espacios en blanco, núm. 23, número temático: Profesión académica y trabajo docente en la universidad, Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, Argentina, 2013.
9Manuel Gil Antón, op. cit., p. 169.
10Jesús Francisco Galaz Fontes y Manuel Gil Antón, “The impact of merit-pay systems on the work and attitudes of Mexican academics”, The International Journal of Higher Education, Springer, Dordrecht, 2013, p. 358.
11Ibid., p. 362.
12Manuel Gil Antón, op. cit., p. 179.
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Roberto Ochoa
Roberto Ochoa
Activista y director del Programa de Estudios de la Complejidad y Formación Ciudadana de la UAEM.
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