Entrevista a Hugo Ortiz
La obra de Rafael Cauduro (Ciudad de México, 1950) resignifica elementos cuya vida material está destinada al deterioro, inclusive al desecho; sin embargo, adquieren otra dimensión a partir de que son parte de su proceso creativo. Profundo y polémico, su proyecto en gran formato le valió el reconocimiento internacional; representa, en conjunto, un ensayo pictórico que imita –desde la fidelidad de las formas– una realidad carcomida por el tiempo y la crisis social.
En la calle Juan Ruiz de Alarcón, ubicada en el corazón de Cuernavaca, corre un aire distinto, que por momentos ondea el papel picado que cuelga cerca de los techos. Cada fin de semana, particularmente, ese lugar se llena de pintores y de cuadros en venta; con los años, se ha convertido en un pasillo que concentra el arte de alguna u otra forma. Por ello no me parece fortuito encontrarme con Hugo Ortiz en L’arrosoir d’Arthur –conocida como “Los franceses”, una de las cafeterías que alberga esta calle y quizá la más concurrida entre los creadores cuernavacenses–, para hablar de la obra de Rafael Cauduro, quien desde hace varias décadas radica en la capital morelense y, actualmente, vive su mejor momento artístico: su obra ha logrado trascender fronteras, no sólo por la impecable manufactura, sino también por el mensaje agudo que desprende; estos elementos componen una visión particular del presente, por instantes cruda, pero gracias al genio, también luminosa. De forma irónica, el éxito viene empañado por una condición hereditaria, que somete a Cauduro al olvido parcial, aunque progresivo, de la realidad, esa misma que supo reproducir con maestría. Valga esta breve entrevista a uno de sus amigos más cercanos –que a su vez es cercano de Voz de la tribu, pues colabora desde los inicios de la revista con un dibujo trimestral para la sección “Foro ilustrado”– como un homenaje significativo.

En una de las mesas del fondo, al lado de un ventanal que nos permite ver la calle desde el segundo piso, inicio: la categoría de hiperrealista no le satisface del todo a Cauduro, quizá, pienso, porque limita el espectro de su obra. Desde tu visión de artista, Hugo, ¿cómo puede leerse su estilo?
El hiperrealismo tiene sus orígenes en los años setenta, cuando se inventa la cámara a color, específicamente la Polaroid instantánea; hubo un movimiento pictórico estadounidense, representado por Chuck Close, que técnicamente copiaba una foto. La forma en cómo resolvían la imagen era idéntica, el enfoque, el encuadre. Pero ese movimiento encasillaba todo lo que fuera figurativo o realista en el hiperrealismo. La técnica y la manufactura de Cauduro no van por ahí como tal. Visualmente quizá, pero las texturas que maneja, los relieves y los efectos dibujísticos, son trampantojo. Él lo dice en varias entrevistas, no se siente a gusto con el término. Esa parte que lo relaciona con el hiperrealismo se debe más bien a que sus pinturas son muy figurativas. Cauduro juega mucho con el accidente; en este sentido no se trata de una técnica cuidada. Él pinta, tiene un accidente y descubre algo, entonces toma otro camino y el cuadro va construyéndose así. Me tocó ver bocetos que empezaban en una cosa y terminaban en otra. El hiperrealismo no sigue esa secuencia. Desde el término y la técnica no coincide. Quizá se le encasilla porque sus cuadros son grandes, le gusta pintar la figura humana real, por lo que necesita un cuadro de dos metros, dos cincuenta. Eso también impacta visualmente para que se determine el género. Él es realista o figurativo. En su discurso, el hiperrealismo es una realidad exagerada. Cauduro trabaja desde la mentira y, en esta construcción y reconstrucción social, el envejecimiento como símbolo la catapulta.

El núcleo central de la obra de Rafael Cauduro –él mismo lo dice– es el deterioro. Para ti, ¿cuáles son los principales valores de su trabajo?
Sí, usa el deterioro como símbolo social. Alguna vez me platicó que le gustaba pintar objetos creados por el hombre, porque tienden a destruirse y deteriorarse, a diferencia del hombre, que se deteriora de otra manera. Esto como símbolo es padrísimo porque te hace crear una sintaxis de la imagen muy poderosa. El resultado está en sus cuadros.
En términos musicales, el compositor es alguien que sabe componer, que sabe de armonía, de métrica, de melodía, sabe las reglas básicas de la música y, por supuesto, sabe tocar un instrumento. En la pintura también existe eso: sección de oro, sección dorada… En términos plásticos, Rafa equivaldría a un gran compositor. Como dibujante, es extraordinario; como diseñador, permite aterrizar la idea en términos de composición.
A Cauduro le gusta torturar la materia: utiliza ácidos para degradar los soportes, las obras están plasmadas sobre muros resquebrajados y no en plataformas convencionales. Pareciera que, en lugar de la permanencia, le interesa acelerar la desaparición de la obra…
Su proceso creativo es muy interesante. Literalmente se va a los deshuesaderos, donde venden fierro, y ahí descubre los soportes. Puede encontrar una lámina oxidada, ver las dimensiones y, a partir de ese encuentro, empieza a componer, a crear bocetos. Su técnica es experimental, aparentemente sin control. Puede estar platicando y de pronto echarle ácido a algo y empezar desde el principio. No parece muy depurada. La mayoría de sus obras son irregulares porque se basan en esto. Muros descascarados, puertas viejas, fachadas quebradas, todos los elementos tienen una estructura, pero ésta cambia a partir del deterioro. Él lo imita visualmente; es un buen anzuelo para el ojo, como una poética visual. El discurso lo vuelve una poética del deterioro.
Por otro lado, cuando te das cuenta como artista que tu lenguaje va pegado a la técnica, comienzas a fluir en ese camino. Y la pintura de Rafa no es la excepción. Quienes lo conocemos de cerca, sabemos que él no va a las tiendas o a las casas de arte a conseguir material. Es un experimentador, lo verás en las tlapalerías o en los deshuesaderos buscando nuevos materiales, justamente para modificar esa sintaxis, como bien dice, para torturar la materia. A ver, qué pasa si a este material le ponemos fuego, qué sucede si le echamos ácido u óxido. La sintaxis de la imagen siempre va modificando el lenguaje, y el lenguaje va modificando la técnica. Rafa busca todo el tiempo ver qué dice la materia, sin importar si acelera su desaparición. No busca un material convencional. Es una persona arriesgada y ese riesgo lo satisface. De dicha experimentación puede surgir un efecto increíble o puede no salir nada. Pero eso sólo lo hace la gente, además de atrevida, que tiene confianza en su talento.
Cauduro tiene una visión muy particular de lo urbano, en sus pinturas resaltan las texturas de los muros, carteles desgastados por las condiciones del tiempo, coches oxidados… Son elementos que resaltan porque aportan un mensaje específico. ¿Qué hay detrás de esa visión del presente?
Creo que es una visión totalmente acertada. Esos muros viejos y artefactos están en nuestro presente. Él intenta rescatar esa historia que no podemos ver, saber cuántas personas han pasado por los muros, por las casas. Lo que hace es ir quitando esas capas de pintura y mostrando lo que hay debajo. De alguna manera tiene una intención arqueológica. Entonces aparecen figuras y, de las figuras, historias; lo que hace más potente el discurso. Cada muro se vuelve un medio para contar historias del ser humano.

Y las historias que cuenta son, sobre todo, un espejo de México. Muchas invitan a reflexionar sobre la justicia, la libertad, la pobreza. ¿Cómo se construye la visión de un artista como Rafael Cauduro en un contexto como el de este país?
Esta semana estuve un par de días platicando con él y me dijo que nunca pensó ver la victoria de López Obrador, y que el hecho de que sucediera era parte del hartazgo de la sociedad. México tiene leyes extraordinarias, el problema es que no se cumplen, por eso existe la impunidad y la corrupción. Cuando estuve dibujando para La Jornada, platicaba con él de esto. Le llegaban todos los periódicos a su casa, y siempre creí que para dar una opinión uno debe estar informado sobre ambos polos. Él está informado todo el tiempo, lee mucho, lo cual ha permeado en su obra para tener una posición política muy clara. Esta parte se ve reflejada, por ejemplo, en los murales que hizo para la Suprema Corte de Justicia de la Nación. A diferencia de los otros seis pintores de ese proyecto, Rafa propone un contraproyecto, en el que, lejos de alabar la justicia, desvela la realidad. Él comentaba que el arte público tiene que invitar a las personas a reflexionar; su proyecto se centra en ello. Realizó siete pecados capitales, que son los crímenes mayores del Estado: la tortura, la violación, la desaparición, los procesos viciados, el asesinato, la prisión y la represión. A través de esa obra, él dice: no hay justicia por esto. Y lo más increíble es que el mural está ubicado por donde pasan los ministros todos los días. Ese atrevimiento se me hizo increíble –bien pudieron decirle los del magisterio: no, gracias por participar–, porque es una manera de recordarles a quienes imparten justicia por qué esta palabra no es posible. Existen procesos viciados, hay casos encarpetados en gavetas, los judiciales comenten actos de tortura, etcétera. Rafa ha dicho en entrevistas que se trata de su mayor obra; no es su obra maestra, pero sí la más grande en cuanto a superficie, y eso la hace espectacular. Las personas que hemos tenido oportunidad de conocerla, nos damos cuenta de que utilizó lo que la corriente muralista hizo en su momento: integrar la pintura al espacio. Visualmente todo se ve integrado, hay puntos de fuga y otros detalles que determinan la genialidad. El bagaje cultural sociopolítico de Rafa está en sus murales, y la realidad es su materia prima. ❧
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