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La corrupción del amor

3595062001_b04a744f2d_bFotografía de John Blower

¿Por qué aspiramos a vivir en pareja? ¿Cuál sería la forma óptima de amar? ¿A quién(es) sirven o benefician las formas en que ejercemos el amor?, son algunos de los cuestionamientos de los que parte Sofía Mosqueda para analizar las categorías y los términos en que el sexo, el amor y el romance son controlados y diseñados. Una versión anterior de este texto se publicó en la revista Tierra Adentro. 


 

I have suffered the atrocity of sunsets.

“Elm”, Sylvia Plath

 

El amor suele configurarse como uno de los objetivos principales de la vida, sino que el principal. Encontrar a la pareja ideal y vivir una historia de amor desenfrenado. Una historia que se imagina y se espera como se retrata en películas, en series de televisión, en libros –no que las relaciones retratadas en pantallas y papel no tengan nada de problemáticas–, pero que en la vida real suele enfrentarse a obstáculos, heridas –emocionales y físicas–, expectativas no encontradas y algunos (o muchos) problemas, entre los que sobresalen los comportamientos violentos.

¿Por qué aspiramos a vivir en pareja? ¿Cuál sería la forma óptima de amar? ¿A quién(es) sirven o benefician las formas en que ejercemos el amor? ¿Por qué se asocia inmediatamente al amor con lo romántico y se desprecian y deslegitiman otras formas de hacerlo?

El amor no sólo se circunscribe a lo romántico; el amor, en abstracto, no se concentra en un objeto de afecto, ni se limita en cantidad. Antes del amor romántico está el amor sin adjetivos. El amor que, según Platón, es la motivación o impulso para contemplar la belleza; el conocimiento apasionado, puro y desinteresado de la esencia de la belleza; se aman las formas o ideas eternas, inteligibles y perfectas. Hablamos de amor romántico, específicamente, cuando nos referimos a las dinámicas relacionales sentimentales –y, generalmente sexuales– que se circunscriben a un modelo normativo asumido y reproducido por generaciones.

El amor romántico es producto de un proceso neuroquímico que empieza con la atracción y que se convierte en infatuación en un patrón psicobiológico similar a la obsesión. En la década de los 80, el psiquiatra Michael Liebowitz asoció el regocijo de la atracción con la feniletilamina, que está químicamente vinculada con las anfetaminas y con la acción de neurotransmisores como la serotonina, la dopamina y la norepinefrina en el sistema límbico; y a la etapa del apego y las sensaciones de tranquilidad y paz las asoció con la producción aumentada de endorfinas, neurotransmisores químicamente relacionados con la morfina (Fisher, 1994).

La atracción y el apego son emociones primitivas y universales, tanto como lo son el miedo, el enojo y la sorpresa; producto del sistema límbico de los mamíferos. Por eso hay quien afirma que los animales aman. Sin embargo, con la evolución de la corteza cerebral de los primeros homínidos se fueron construyendo, a raíz de estas emociones, sentimientos románticos complejos y tradiciones que lo celebraban, derivando así en lo que las culturas europeas llamarían amor romántico (Fisher, 1994). No obstante, si desde una perspectiva darwiniana la monogamia es rarísima (solo el 3% de los mamíferos se emparejan bajo circunstancias muy específicas), ¿cómo es que en los seres humanos ese proceso psicobiológico se traduce en la institucionalización de relaciones de pareja monogámicas y permanentes?

Después de las monarquías absolutas, en donde los matrimonios solían estar arreglados, las sociedades modernas idean un pacto entre hombres libres e iguales (sic) de acceso al cuerpo de las mujeres. Los teóricos del contrato (Rousseau1Rousseau, quien en un par de ocasiones definió al cortejo y las relaciones románticas en términos bélicos, llamándole La batalla amorosa, y expresando cómo en esa batalla estaría permitido usar toda la violencia permitida en el amor para arrancar un consentimiento, puesto que las mujeres, de todos modos, estarían “destinadas a dejarse vencer” (sic)., Hobbes, Locke, Kant) elaboran sobre la construcción de las democracias modernas basadas en la libertad para suscribir contratos económicos y políticos; y bajo esa misma lógica se diseña el contrato matrimonial. El matrimonio del derecho canónico y el derecho de los contratos se construyeron al mismo tiempo con un mismo aparato metodológico, por un mismo grupo de teólogos y juristas, resultando así en una misma estructura doctrinaria (Vela, 2011).

En ese sentido, la idea del contrato sexual, desarrollada por Carol Pateman (1995), elabora sobre cómo en las relaciones románticas se subordina a las mujeres ante los hombres en una forma de explotación laboral. Kate Millet, en Sexual Politics (2000), explica que las relaciones románticas son eminentemente políticas, siempre que se estructuran a partir del poder con base en arreglos que otorgan control a un grupo sobre otro. Las relaciones entre hombres y mujeres han sido de dominación y subordinación, aquello a lo que llamamos patriarcado.

La institución que guía al patriarcado es el matrimonio; es la unidad que ejerce control en donde las otras autoridades no resultan suficientes, otorgándole al esposo posesión y control sobre la esposa y los hijos (Millet, 2014). El matrimonio es, hasta el día de hoy, la herramienta de control del Estado para regular la sexualidad y la planificación familiar, que favorece a un modelo de familia y de relación sobre los demás, que institucionaliza las labores de cuidado que desempeñan las mujeres como pilar de la sociedad. A partir de este mecanismo de control, las personas son compensadas o castigadas en función de su estado civil, tanto en términos de acceso a derechos, a seguridad social o estatus migratorios como en términos netamente sociales, de prestigio, de reputación o incluso de valor.

El poder, según lo que plantea Foucault (1978), se expresa mediante la creación de conocimiento sobre el mundo que lo moldea, diseñando los mecanismos que producen y reproducen las normas. En la medida en que las normas se internalizan, se reemplazan las formas directamente coercitivas o violentas para controlar, en una forma de poder suave. Así, los sistemas que jerarquizan las prácticas sexuales (Rubin, 1984) son una forma de control, y para mantenerlo el mecanismo se ajusta convenencieramente. La sexualidad se divide en prácticas que se consideran normales o naturales (el matrimonio monogámico heterosexual como epítome) y las que se consideran anormales2El círculo virtuoso comprende la heterosexualidad, el matrimonio, la monogamia, la procreación, la sexualidad no comercial, entre dos personas, en una relación, de la misma generación, en privado, la no-pornografía, solamente con cuerpos, vainilla; el círculo anormal incluye la homosexualidad, las relaciones casuales, la promiscuidad, vivir en pareja sin casarse, la sexualidad que no procrea, comercial, individual o en grupos, entre generaciones, en público, con objetos, la pornografía, el sadomasoquismo.. Por ello, el paso de ciertas prácticas de lo inaceptable a lo aceptable (parejas que viven juntas sin casarse, o parejas homosexuales que se casan y viven bajo el modelo tradicional de familia) no cuestionan el sistema, lo refuerzan. El matrimonio refuerza la línea entre prácticas sexuales aceptables y recompensadas, y las que son sancionadas (por ello la búsqueda de reconocimiento del matrimonio entre personas del mismo sexo va en contra del proyecto más grande de desmantelar las jerarquías sexuales que los regímenes de normalización heteropatriarcales imponen) (Spade & Wilse, 2016).

Fotografía de Malloreigh

El matrimonio, además, y las formas tradicionales de asumir las relaciones de pareja (aunque no haya un registro civil de por medio), se fundan sobre las labores de cuidado, mismas que recaen tradicionalmente en las mujeres (aun cuando estos roles pueden reproducirse en parejas del mismo sexo); lo que sirve y alimenta al sistema heteronormativo, patriarcal y capitalista que sostiene al sistema económico en el trabajo no remunerado del hogar. La idea de que el amor conlleva cuidados no tendría por qué traducirse en que las mujeres se esclavicen en la casa para servir al marido, sino en un sistema de cuidados mutuo; pero sirve perfecto al modelo económico que alguien que te ama se haga cargo de servicios por los que de otra forma tendrías que pagar, manteniendo y exacerbando la terrible desigualdad entre hombres y mujeres.

Estos regímenes derivan en la reproducción e idealización de este modelo de ejercicio del amor, que se funda en principios de dominación, control y posesión, lo que en consecuencia romantiza conductas tóxicas y construye modelos de vida en función de inercias y no de bienestares3Un estudio de la Universidad de Michigan arrojó el año pasado que no hay forma de determinar si la monogamia es la forma ideal de relacionarse puesto que la premisa de que es mejor sesga la manera en que los investigadores construyen y prueban teorías sobre el amor y la intimidad (Werber, 2017).. El discurso del amor romántico y del curso de vida que hay que seguir encamina a las personas al matrimonio como un hito inminente; lo cual, además de limitar de forma grosera los rumbos de vida o las personalidades que no coinciden con estos ideales, tiende a concederle al amor vicios y comportamientos tóxicos en nombre del objetivo último: emparejarse; no quedarse; no fracasar.

Además, nos dejamos llevar por la necesidad construida de conseguir el amor romántico a partir de un ideal poco alcanzable: el mito de la media naranja, o del alma gemela. Tanto por el lado de que, de entre 7 mil millones de personas sólo hay una para ti, como por el lado de que esa persona te hace falta para estar completo, o completa. Lo primero es, además de francamente ridículo, estadísticamente imposible; y lo segundo deriva en una búsqueda constante e inercial de pareja cuyo único objetivo es cumplir con una expectativa social y política de reproducción –de formas y de personas, que, además, alimenta la idea de que las parejas son pertenencias–.

El escape de la soledad, como Bertrand Russell refirió, es una empresa que se nos impone socialmente y se asume como pilar en la realización personal; y cuando el amor se concibe como la búsqueda de una pareja para satisfacer una necesidad, una falta, se corrompe, denostando en el camino otras formas de amor que pueden no sólo contrarrestar a la soledad (a la cual, por cierto, también habríamos de reivindicar), sino nutrir profundamente una vida. Esta concepción del amor, además, se queda ridículamente corta; romantiza la búsqueda y desvirtúa la práctica. Así como todas las películas de Disney terminan cuando la princesa y el príncipe se casan, el ejercicio de poder se vuelve más evidente cuando se consolida la relación; dando así pie a los vicios del amor romántico, que llevan a normalizar el dolor, el sufrimiento, la violencia; a justificar los celos, la manipulación, el control; a condicionar el amor.

A las personas se les subyuga en una relación de poder bajo el argumento del amor: Te controlo porque te amo, te manipulo porque te amo, te objetivizo, infantilizo, domino, o violento porque te amo. El amor, bajo esta óptica contractual de dominación, implica –subrepticiamente– una noción de posesión. El ansia de control sobre aquello que se posee se manifiesta en la invasión de la privacidad, en la limitación de libertades, en la invalidación de la identidad propia, en violencia. Qué peligrosa la justificación de la violencia en nombre del amor. Violencia simbólica, económica, emocional, física; violencia homicida.

Violencia que, lejos de escandalizar, se manifiesta en la normalización de los celos como indicador del amor; en la idea de que el amor es suficiente aun cuando haya incompatibilidades irresolubles; en la idea de que el amor hacia una persona anula o imposibilita la atracción hacia otras personas; en la vinculación automática e incuestionable entre compromiso y exclusividad; en la idea de que el matrimonio y la reproducción son la única justificación válida para estar en una relación; en la idea de que es responsabilidad de una pareja responder por las inseguridades de alguien; en la idea de que el valor que se le otorga a una pareja está dada en función del tiempo y la energía que se invierte en ella; en la idea de que la responsabilidad de que una relación funcione recae en una persona, y no en un acuerdo mutuo que, además, está viciado de inicio por una serie de constructos sociales idealizados. Violencia que, en la medida en que alguien no se adscriba a esas –y otras– ideas, no es suficiente o adecuado para una relación.

La facilidad y cotidianidad con que una dinámica de atracción, enamoramiento, pasión y pajaritos cantando se transforma en un padecimiento, ya debería haber provocado una revolución sexual y relacional hace muchísimos años; y, sin embargo, seguimos aguantando dolores. El dolor es la forma que tiene nuestro cuerpo de avisarnos que algo está mal, y el dolor emocional es un signo de alerta que debemos dejar de romantizar. Sensatamente, ¿cómo podemos concebir, y tolerar, que lo que llamamos amor lastime?

Fotografía de Francis Mckee

La crítica al amor romántico ha recibido una sentencia que versa sobre la muerte del Eros. Eros entendido como la pasión, el erotismo, el romance que comprende una relación sexual o de seducción. Sin embargo, la intención de deconstruir el modelo de relación que actualmente impera en nuestras sociedades pretende todo menos hacer que las personas dejen de amar [pasionalmente]. La lucha no es contra la pasión, es contra la violencia, contra la imposición, contra el ejercicio deliberado de poder y la consiguiente subordinación de los sujetos-objetos; de los cuerpos.

Las personas no están obligadas a enamorarse, a apegarse o a desapegarse; ni están obligadas a actuar específicamente a partir de un protocolo social. Biológicamente tiene sentido que todos los seres nazcan, crezcan, se reproduzcan y mueran; así es como se preservan las especies. Sin embargo, dos apuntes: en primer lugar, el matrimonio, o el diseño heteronormativo de pareja, no es la única forma de reproducirse; cada vez hay más expresiones de familias y modelos de relaciones diversas, y la especie puede preservarse de maneras que no impliquen una dominación vertical. Y, en segundo lugar, la sobrepoblación de este mundo es vertiginosa; la huella de carbono que cada ser humano produce sólo por nacer está volviéndose una catástrofe, por lo que ese atentado ni siquiera es real. Social y culturalmente hay muchas más opciones ante la irremediabilidad del modelo de vida en el que uno forzosamente se casa y vive feliz para siempre (sic), y ya vendría siendo tiempo de que las exploráramos.

A la par, construir un nuevo ideal del amor, uno que se sostenga en la renuncia al poder, al control, a la dominación; y que, por el contrario, cree pilares solidarios y equitativos de resistencia, de desarrollo y de cuidados. El amor erótico-afectivo no tiene por qué ser exclusivo ni excluyente de otras fuentes y expresiones de amor; mejor aún, úrgenos reivindicar el papel del amor en las relaciones que no necesariamente incluyen un componente romántico y/o erótico.

Y en las relaciones en las que sí hay un componente erótico-afectivo, más que matar al Eros –quien, en caso de que resultara herido, probablemente se lo habría buscado por querer comprender en una sola figura mitológica la atracción sexual, el amor y el sexo–, vamos a reivindicarlo y a purificarlo; que ya nos toca, en medio de este clima de odio, revolucionar la forma de amarnos y de disfrutarnos. También lo romántico es político, y ésta es una nueva y pertinente revolución.

Cuestionemos las categorías y los términos en que el sexo, el amor y el romance son controlados y diseñados. Imaginemos un mundo en el que la sexualidad y la reproducción no estén vinculados con el diseño tradicional de pareja y la familia marital, en el que se desmantelen los parámetros para medir el éxito de una relación, en donde las pasiones no derivan en abusos o crímenes productos de no poder controlar a alguien más ni a nosotros mismos; en donde las personas no pasen su vida buscando pareja, ni donde se queden en relaciones hirientes a causa de coerciones emocionales, físicas o económicas; en donde el matrimonio sea una opción y no un destino; en donde procuremos la igualdad, el amor y los cuidados fuera del marco opresivo del heteropatriarcado. ❧

 


Bibliografía
Fisher, Helen (1994). The nature of romantic love. The journal of NIH research. Vol.6. Pp. 59-64.
Foucault, Michel (1978). The History of Sexuality. Vol. 1. Harmondsworth: Penguin.
Millet, Kate (2000). Sexual Politics. Chicago: University of Illinois Press
Pateman, Carol (1995). El Contrato Sexual. México: Antrhopos, UAM.
Rubin, Gayle S. (1984). Thinking sex: Notes for a radical Theory of the Politics of Sexuality. En: Carol Vance, ed. Pleasure and Danger. Nueva York: Routledge.
Spade, Dean y Craig Wilse (2016). Norms and Normanization. En: Disch, Lisa y Mary Hawkesworth, eds. The Oxford handbook of Feminist Theory. Nueva York: Oxford University Press.
Vela, Estefanía (2011). La Suprema Corte y el matrimonio: una relación de amor. Tesis para obtener el título de Licenciada en Derecho. CIDE.
Werber, Cassie (2017). The idea of monogamy as a relationship is based on flawed science. En: Quartz Media. Disponible en: https://qz.com/938084/the-idea-of-monogamy-as-a-relationship-ideal-is-based-on-flawed-science/

 

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